Asociación de Ayuda al Animal Abandonado
Vida de Perros


Calcetínl, la historia de un valiente aguerrido.

Un día, al volver a mi casa de noche, bajé de la micro y vi en el suelo, junto al paradero, a un perro echado. No parecía más que eso, cuando de pronto me doy cuenta de que algo le pasaba. Se veía triste, y al acercarme, él trata de alejarse, pero en verdad sólo pudo mover sus patas delanteras, arrastrando con ellas el resto de su cuerpo por el suelo. Además, al intentar acariciarlo, su respuesta era un gruñido fiero, que alejaba a cualquiera que quisiera entregarle algo de amor, de seguro aun schockeado por el dolor. Se acercó un vecino y me contó que había estado todo el día ahí, al parecer habría sido atropellado. Al día siguiente salí a buscarlo, pero no lo encontré. Lo busqué, y grande fue mi sorpresa al encontrarlo en la vereda del frente, en una avenida principal, de doble vía para cada lado y con una tremenda construcción de cemento como bocacalle, de un metro de altura por lo bajo, y él, que sólo podía mover su parte delantera, pasó a través de todo eso… ¿cómo? Quién sabe. Junto a mi hermano lo perseguimos, encerramos y atrapamos con una sábana (aún no dejaba que se le acercasen) y lo subimos al auto para llevarlo al refugio de 4A. Ya en el auto, más tranquilo, dejaba que lo acaricie en la cabeza. Sus primeros días en el refugio fueron de adaptación, y complejos. No comía el pellet que le dábamos, pues seguramente como perro de la calle que era, comía lo que encontrara en la basura y no estaba acostumbrado a esto. Al llevarlo a consulta, y luego de tomarle radiografías, se observó una fea fractura en la columna vertebral (6° vértebra lumbar), que le impedía cualquier movimiento desde la altura del abdomen hacia abajo. No podría mover nunca más sus patas traseras, ni controlar esfínteres. La opción para todos los doctores era la eutanasia. La idea de mantenerlo con vida parecía descabellada: condenado a arrastrarse, a orinar y defecarse solo… sonaba indigno para cualquier ser. Pero su mirada era cada vez más tranquila, tierna, como agradeciendo que lo llevara en brazos a todos lados y le diéramos un techo y comida. Obviamente era complicado, pero al menos, había que intentarlo. Debo decir que hoy, su evolución nos parece notable. De algún modo aprendió a apoyar sus patas traseras, y camina, medio raro, pero se desplaza bien. Hay que limpiarlo a diario, y tener cuidado con sus zonas de apoyo en la parte posterior, porque al no tener sensibilidad, se hace heridas constantemente. Hasta el día de hoy, a veces parece inviable tenerlo con vida, pero ¿cómo podríamos quitarle la vida a un perro, que aunque esté en constante peligro de infecciones y se complique al moverse, corre feliz, correteando corderos, agradeciéndonos con besos a nosotros los voluntarios por lo que hacemos por él, comiendo feliz la comida que le ofrecemos y saltando de emoción cuando ve la correa que lo hará pasear por el pasto? Yo, al menos, siento que no puedo ni debo hacerlo.